martes, 15 de enero de 2013

trasplante de heces para recuperar flora intestinal

 Por cada célula que hay en nuestro cuerpo, tenemos 100 microbios de distintas clases que proliferan en la boca, los oídos, la piel, los órganos genitales y, sobre todo, en los intestinos. En un adulto, la cantidad de microbios se aproxima a los 100 billones.

Aunque pueda sonar repulsivo, en realidad la mayor parte de estos microbios son inofensivos y aparentemente pasivos. Algunos nos resultan útiles y solamente una minoría son peligrosos: los microbios patógenos, es decir, los que causan enfermedades.


Por qué debemos cuidar de nuestros microbios

Cuando digo que la mayoría de estos microbios parecen pasivos, no es del todo exacto: en realidad, tienen la virtud (la mayoría) de que ocupan espacio, y con ello impiden que los microbios patógenos se instalen y se multipliquen. En este sentido, su presencia constituye un escudo defensivo que resulta imprescindible en nuestra vida. Por ello, lo peor que podría hacerse sería eliminar con lejía las bacterias que recubren alguno de nuestros órganos sensibles, como por ejemplo, los genitales o el intestino. Lejos de obtener una “limpieza total”, lo que conseguiríamos sería favorecer la aparición de nuevos invasores sin tener la certeza de que vengan con buenas intenciones. Así es como se producen las infecciones.

Por eso, resulta lamentable que llevemos más de un siglo dedicando tanto esfuerzo a matar microbios de forma indiscriminada a base de antisépticos, fungicidas y antibióticos, que no siempre son indispensables. (Nota: esto no es una crítica a los antibióticos, sino a su abuso).

Aunque no las veamos, aunque no las conozcamos, la mayoría de estas bacterias son nuestras amigas. Y tener 100 billones de amigos no es poca cosa.

La microbiota intestinal, el foco de nuestra salud

Entre estos microbios, los más numerosos e importantes para la salud son las bacterias y levaduras que viven en el intestino en relación simbiótica (es decir, estableciendo entre ellos una relación de ayuda mutua) y que constituyen la “microflora intestinal”, o “microbiota”.

Antes de profundizar en la cuestión, debo advertir a mis estimados lectores que los conceptos que vamos a tratar se encuentran en la vanguardia de los conocimientos científicos actuales, lo cual me obligará a ser prudente. Se trata de un ámbito extremadamente complejo y muy prometedor para la medicina del siglo XXI por las interacciones que tienen lugar entre el organismo y las cantidades ingentes de bacterias que evolucionan con gran rapidez. Además ocurre en un entorno que resulta difícil reproducir, pues no es posible reproducir in vitro (en el laboratorio), lo que sucede en el intestino, y hacer observaciones in vivo (dentro de una persona viva) resulta muy complicado. Así pues, el conocimiento en el campo de las bacterias intestinales está avanzando de manera lenta e incierta.

Breve recordatorio sobre la estructura de los intestinos

Los intestinos son un tubo largo recubierto de una mucosa denominada epitelio intestinal que, a su vez, se compone de una fina capa de células, los enterocitos. Su estructura en forma de ribete en cepillo (una especie de terciopelo en el que cada pelo recibe el nombre de vellosidad intestinal) aumenta considerablemente la superficie de intercambio. Efectivamente, el epitelio intestinal es el que permite los intercambios entre el exterior y el interior de nuestro cuerpo.

Sí, ya sé que resulta curioso pensar que lo que sucede dentro de los intestinos tiene lugar en el exterior del cuerpo, pero es un hecho: hasta que los nutrientes no atraviesan la pared intestinal para llegar a la sangre, éstos permanecen en el exterior del cuerpo; al igual que el aire que entra en los pulmones se queda en el exterior hasta que penetra en la sangre. La diferencia entre los intestinos y los pulmones es que, en el caso de estos últimos, lo que no se absorbe vuelve a salir por el mismo conducto (la boca).

Si se desplegase la superficie extendida de las vellosidades del epitelio intestinal, podría cubrirse la superficie de una cancha de tenis. Además, aunque esta mucosa es muy fina, es muy resistente, y prueba de ello es que a lo largo de una vida se estima que pasarán a través de ella al menos 50 toneladas de alimentos. Además, apenas tiene irrigación de vasos sanguíneos.

Las bacterias protegen y nutren el epitelio

El secreto de la resistencia e integridad del epitelio intestinal reside en que está recubierto de microbios que lo protegen y alimentan. Son centenares de especies de bacterias y levaduras las que constituyen la microbiota.

La microbiota se nutre, entre otras cosas, de fibras, que son elementos que se encuentran en nuestra alimentación, pero que no podemos ni digerir ni absorber.

Las fibras se encuentran de forma abundante en todas las frutas y hortalizas. Resultan indispensables, por una parte, porque regulan el tránsito intestinal y, por otra, porque son necesarias para el mantenimiento del epitelio intestinal. A las bacterias y levaduras que recubren la mucosa intestinal les encantan las fibras. Realmente, las bacterias y levaduras fermentan las fibras para degradarlas y absorberlas. Este proceso acarrea la producción de ácidos grasos de cadena corta que, aunque parezca un milagro, son precisamente el alimento del que se nutren las células del epitelio. Así pues, favorecen su mantenimiento y, cuando se deteriora, permiten su reparación.

Como podrá observarse, todos salen ganando con la operación: tanto las bacterias y levaduras como las células de los intestinos. Se habla por tanto de microbios mutualistas o de simbiosis, a diferencia de los microbios parásitos, los cuales simplemente se benefician sin dar nada a cambio.

Estos microbios también nos benefician

Y eso no es todo: de los beneficios obtenidos de la colaboración entre la microbiota y las células intestinales (enterocitos) también hay otros beneficiados: ¡nosotros!

En efecto, el intestino produce ciertos neurotransmisores, como es el caso del 95% de la serotonina (la hormona de la felicidad), de ciertas enzimas (peptidasas y lactasa) y de vitaminas (sobre todo B12 y K), así como de numerosas moléculas mensajeras del sistema inmunitario (ARNm). Estas sustancias pueden influir en el estrés que padezcamos e incluso determinar nuestro carácter. Y prueba de ello es que si se le practica un trasplante de microbiota intestinal de un ratón aventurero a los intestinos de un ratón temeroso, éste último se vuelve más valiente. La expresión “tener redaños para algo” es, por tanto, literalmente cierta (“redaño” es lo mismo que “mesenterio”, un repliegue del peritoneo). Los fieles lectores de Tener S@lud ya conocen sobradamente el axioma Estómago = Mente.

Por otra parte, estas bacterias parecen ser capaces de producir compuestos químicos que regulan el apetito, la digestión y la sensación de saciedad.

Investigadores de los Países Bajos descubrieron que, al trasplantar la microbiota de ratones delgados en los intestinos de ratones con síndrome metabólico (obesidad, diabetes e infecciones vinculadas a la disminución de la sensibilidad a la insulina), se observaba un aumento pronunciado de la sensibilidad a la insulina de los ratones enfermos y, por tanto una mejora de su estado.

Las bacterias intestinales mal alimentadas causan enfermedades

Si las bacterias del intestino no reciben las fibras que necesitan para regenerarse, producen menos alimento para el cuidado de nuestro epitelio. Además, nos quedamos sin una parte de las sustancias beneficiosas que producen, que son aquellas a las que nos acabamos de referir (serotonina, enzimas, vitaminas...).

Si no se alimenta bien el epitelio intestinal, puede sobrevenir un aumento de la permeabilidad intestinal, en concreto en aquellas personas con intolerancia al gluten y a las proteínas de la leche de vaca. Las bacterias patógenas, proteínas e hidratos de carbono que no se hayan digerido adecuadamente pueden pasar a la sangre y desencadenar reacciones inmunitarias adversas. La consecuencia de ello es una inflamación crónica que, con el tiempo, puede provocar la aparición del síndrome metabólico, además de numerosas enfermedades crónicas vinculadas, como la colopatía funcional, enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2 e incluso cáncer.

Los investigadores han demostrado, además, que el intestino es anormalmente permeable ante casos como la enfermedad de Crohn, la espondilitis anquilosante, la artritis reumatoide, la diabetes de tipo 1 y, probablemente, ante la mayoría de las enfermedades autoinmunes.

El cuidado de la microbiota empieza desde el momento del nacimiento

Mientras estamos dentro del vientre materno, tanto el tubo digestivo como la piel están esterilizados.

Sin embargo, el bebé que nace por parto natural va recogiendo a su paso las bacterias de la madre, que no tardarán en colonizar la piel, la boca, las mucosas y los intestinos. Si nace por cesárea, serán las bacterias del entorno hospitalario (las de las manos del personal sanitario y las de quienes transitan por los pasillos del hospital) las que se instalen en esas mismas zonas. Todas estas cepas bacterianas, lógicamente, presentan riesgos para el bebé.

Los estudios realizados a bebés han permitido un hallazgo fundamental en relación con la microbiota. Durante años, los investigadores nutricionistas se han sorprendido por la presencia, en la leche materna, de ciertos hidratos de carbono complejos, los oligosacáridos, que los bebés no pueden digerir por falta de enzimas adaptadas. Resultaría muy sorprendente que la madre naturaleza que, en general, lo tiene todo previsto, desperdiciase los valiosos recursos nutritivos de la madre aportándole al bebé alimentos que no puede digerir.

Los investigadores se dieron cuenta de que estos particulares oligosacáridos no están ahí para alimentar al bebé, sino para alimentar a las bacterias del género Bifidobacterium (en concreto, el Bifidobactarerium infantis), especialmente adaptadas a los oligosacáridos presentes en la leche materna.

Cuando todo va bien, estas bifidobacterias proliferan e impiden que huéspedes menos deseables se instalen y nutren el epitelio intestinal de los niños. Estos oligosacáridos son, por tanto, prebióticos; es decir, son alimento para la microbiota.

Dado que los productores de leche materna no han tenido en cuenta durante mucho tiempo estos hallazgos, no han añadido ni prebióticos ni probióticos a sus preparados, lo cual perjudica la calidad de la microbiota y la inmunidad de los niños alimentados con biberón.

Esto, al igual que los partos por cesárea, podría explicar el aumento de los casos de alergias (eccemas), asma, inmunodeficiencia e incluso enfermedades degenerativas en los recién nacidos.

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La importancia de los “juegos sucios”

Los niños no tardarán en atraer todo tipo de bacterias con comportamientos de sobra conocidos por todos los padres, como llevarse a la boca todos los objetos que encuentran (incluidos los desperdicios que hay en los parques públicos), y hasta la basura doméstica.

Es cierto que este acto reflejo asusta a los padres y, por supuesto, evitarán que sus hijos se lleven a la boca objetos muy sucios o productos peligrosos. De todas formas, si la microbiota se va enfrentando gradualmente a bacterias oportunistas o ligeramente patógenas, desarrollará una madurez inmunitaria que le permitirá resistir con mayor eficacia futuras agresiones. Este proceso es similar a la madurez psicológica de un niño que se enfrenta en sus distintas etapas a las dificultades de la vida.

A partir de los tres años, la microbiota del niño, aunque es muy específica, se corresponde en parte con la de sus padres e incluso con la de quienes viven bajo el mismo techo y se sientan a la misma mesa. Aunque aun puede evolucionar, será difícil que lo haga. Introducir una nueva cepa bacteriana en la microbiota viene a ser algo así como introducir una nueva especie en una selva que ya ha alcanzado su pleno desarrollo: en principio, todos los espacios libres están ocupados y al recién llegado le resulta muy difícil encontrar sitio. En general, esto sucede únicamente a raíz de una tormenta grave, por ejemplo, si la microbiota es diezmada por un tratamiento con antibióticos, si resulta modificada por una enfermedad infecciosa, si el germen recién llegado es particularmente poderoso o el terreno o la alimentación específica del niño le son propicios, como es el caso del hongo Candida albicans en los niños que ingieren mucho azúcar (caramelos).

Los más perjudicados, los habitantes de las ciudades

Como cabría esperar, los habitantes de zonas rurales tradicionales, que están en contacto con los animales, la tierra y las plantas y que ingieren productos no transformados y sin esterilizar tienen una microflora intestinal más rica y más eficaz que la población de los países industrializados que vive en oficinas y se alimenta de platos precocinados recalentados en el microondas.

Así pues, la consecuencia es que en occidente los intestinos de quienes allí viven están peor protegidos y, por tanto, son mucho más sensibles a las infecciones y a las enfermedades autoinmunes. Son, por consiguiente, menos resistentes a las bacterias patógenas. Por ejemplo, cuando con 19 años hice mi primer viaje a Pakistán, contraje una infección intestinal prácticamente en el mismo momento en el que las ruedas de mi avión tocaron la pista del aeropuerto internacional de Karachi. Sin embargo, hay 170 millones de pakistaníes que viven en el país y no todos están enfermos; lo que sucede es que sus intestinos están mucho mejor defendidos que los nuestros por haber adquirido una inmunidad más eficaz y al haber estado frecuentemente en contacto con bacterias oportunistas y patógenas mucho más variadas.

Cambiar los microbios

Hoy en día los médicos cuentan con la posibilidad de realizar trasplantes de microbiota. En realidad, se trata de extraer las heces del colon de una persona (sana) con el fin de introducirlas en el colon de una persona enferma. Se ha comprobado la eficacia de esta práctica en el tratamiento de personas infectadas por una bacteria patógena que se ha hecho resistente a los antibióticos, la Clostidrium difficile, causante de una enfermedad infecciosa que se ha triplicado en diez años en Estados Unidos y que se asocia a 14.000 muertes al año. En Canadá se ha cuadruplicado desde 2003.

Pero, antes de recurrir a medidas extremas, podemos seguir también una serie de hábitos respecto a nuestro modo de vida para recuperar una microbiota de calidad que nos proteja eficazmente de los ataques bacterianos, cuide nuestra inmunidad intestinal y disminuya el riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes de tipo 2 y cáncer:

  1. Antes de tomar antibióticos, hay que asegurarse con el médico o el terapeuta que es indispensable y que no hay otra solución para tratar la enfermedad o el problema que padezcamos.

  2. No abuse de los productos de limpieza domésticos. Nuestro entorno debe estar limpio; pero hay que evitar que esté demasiado esterilizado.

  3. Evite los limpiadores antibacterias, sobre todo, las soluciones de limpieza para las manos que se encuentran hoy en día por todas partes (a menos, claro está, que por su profesión -dentista, cirujano, enfermero, etc.- se vea obligados a ello o exista riesgo de epidemia).

  4. Deje que los niños jueguen al aire libre y acaricien a los animales. Haga jardinería. Retome el contacto físico con la naturaleza.

  5. Consuma alimentos prebióticos, ricos en fibras, para nutrir la microbiota: leguminosas (alubias, garbanzos, lentejas, etc.), cereales integrales (arroz, espelta, avena, etc.), cebollas, puerros y otras hortalizas, aguacates, plátanos, peras y otras frutas de temporada.

  6. Consuma alimentos que contengan bacterias probióticas: yogur, chucrut, pepinillos, aceitunas fermentadas…

  7. Disminuya el consumo de comida rápida, ya que son alimentos que, además, se digieren mal. Muchos alimentos modernos, ricos en grasas saturadas y almidón, apenas contienen fibras y no ofrecen por tanto nada interesante para que fermente en el intestino grueso, por lo que nuestras amigas las bacterias se debilitarán.

  8. No abuse de los medicamentos antiinflamatorios no esteroideos (ibuprofeno, aspirina, etc.), ya que aumentan la permeabilidad.

¿Problemas digestivos recurrentes? Regenere la microbiota cuanto antes

En caso de que tenga problemas digestivos desde hace tiempo (estreñimiento, diarrea, alternancia de ambos, hinchazón abdominal, gases fétidos…), es el momento de preocuparse de regenerar la microbiota mediante un tratamiento específico. Porque no hay que olvidar que es la salud de los intestinos la que determina, al fin y al cabo, la salud de todo el cuerpo, incluido el estado de ánimo.

Pero eso no se improvisa. Sin embargo, las investigaciones de estos últimos 30 años han permitido definir cuáles son las bacterias y sus factores de crecimiento indispensables para llevar a cabo esta sagrada tarea de protección.

  1. En primer lugar, es imprescindible aportar un surtido de bacterias lácticas que restaure la microflora de protección intestinal. Estas especies bacterianas, compatibles entre sí y con capacidad de desarrollarse in vivo, pertenecen principalmente a los géneros Lactobacillus y Bifidobacterium.

  2. Estas bacterias, por beneficiosas que sean, se encontrarán desamparadas en su nuevo territorio y no podrán desarrollarse de forma armoniosa en él, a no ser que lleguen acompañadas de sus factores de crecimiento metabólico. Por tanto, es preciso prever su alimentación (con los prebióticos) a fin de que les proporcione los ingredientes necesarios para su crecimiento en el medio intestinal: oligosacáridos, colágeno, aminoácidos, lactoferrina y los cofactores vitamínicos (del grupo B) y minerales (magnesio, manganeso…).

  3. Aportar bacterias protectoras y favorecer su desarrollo son las dos primeras etapas que determinan la regeneración de la microbiota; pero también es preciso regenerar el epitelio intestinal, que debe formar de nuevo una barrera infranqueable e impermeable frente a los diversos agentes dañinos o patógenos. Para ello es necesario aportar agentes reparadores como la glutamina, fosfolípidos, colágeno, vitaminas del grupo B, C, E y carotenoides.

  4. El medio intestinal constituye la primera línea de defensas naturales del organismo. Por ello, conviene estimular la inmunidad gracias a una selección de nutrientes: las bacterias amigas o las inmunoglobulinas de calostro contribuyen a la resistencia natural del intestino frente a las agresiones del entorno. De igual manera, los oligoelementos (cobre, selenio, zinc), las vitaminas A, B6, B9, B12 y C participan en la actividad normal del sistema inmunitario.

  5. Por último, conviene estimular el metabolismo general mediante nutrientes en sus formas adaptadas: oligoelementos, vitaminas, coenzima Q10 y aminoácidos azufrados. Realmente, si el organismo está falto de vitalidad y de minerales y ha pasado meses o años con digestiones difíciles, no permitirá que se realice una buena labor de regeneración del aparato digestivo.

Estos prebióticos, probióticos y nutrientes específicos pueden encontrarse en establecimientos ecológicos serios.

No hay que olvidar que «la muerte comienza en los intestinos» y que una mala digestión acaba, a largo plazo, destruyendo el organismo y allanando el terreno a enfermedades aun peores.

¡A su salud!

Juan-M. Dupuis

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 TRASPLANTE DE HECES:

En EE.UU. hay cada vez más doctores que se interesan por el procedimiento.


Trasplantar heces de una persona a otra. Imaginarlo puede revolver el estómago, pero de hecho, es una operación que salva vidas.
Algunos médicos están usando este procedimiento para repoblar el intestino con bacterias sanas, que pueden reducirse como causa de algunas enfermedades.
C. difficile

Dice que debería ser usado, pero solo como último recurso.El doctor Alisdair MacConnachie cree que es el único médico de Reino Unido que lleva a cabo el procedimiento, para tratar la infección de Clostridium difficile.





La lógica es simple.
La infección de C. difficile surge cuando los antibióticos destruyen grandes cantidades de bacterias en el intestino. Le da a las bacterias C. difficile sobrevivientes espacio para multiplicarse y producir masas de toxinas que producen diarrea y pueden ser fatídicas.
El primer remedio, suministrar antibióticos al paciente, no siempre funciona y algunos sufren infecciones recurrentes.
La teoría del trasplante de heces consiste en que al añadir más bacterias al intestino, estas competirán con las bacterias C. difficile y controlarán la infección.
El doctor MacConnhachie, adscrito al Hospital General Gartnavel de Glasgow, ha realizado 20 operaciones de este tipo desde su primera en 2003.
"Al final, todos los pacientes a los que he tratado excepto uno se han curado de la infección", asegura.

El procedimiento

Si no funcionan los tratamientos comunes, al paciente se le recetan antibióticos hasta la noche de antes de la operación.
La mañana de la operación, el donante llega al hospital y produce una muestra.
Se prefiere que el donante sea familiar y que resida con el paciente porque es más probable que tengan la misma flora intestinal al comer el mismo tipo de comida y vivir en el mismo ambiente.
El personal médico toma 30 gramos de heces y lo mezclan en una batidora con agua salada. Luego es vertido a través de un filtro de café y el resultado es una sustancia muy acuosa.
El doctor MacConnachie inserta un tubo por la nariz del paciente que llega hasta el estómago. Otros doctores usan otras rutas para llegar al intestino.
A continuación, el doctor vierte 30 mililitros del líquido por el tubo.
"En mi opinión esta técnica debe ser usada en pacientes que han intentado todos los tratamientos tradicionales", subraya el doctor MacConnachie.
"Si un paciente no mejora y sigue teniendo la infección, entonces se encuentra en un gran problema porque no existe ninguna otra técnica o tratamiento que haya probado mayor eficacia que el trasplante fecal".
Le pregunté por qué, si eso es verdad, no hay más doctores en Reino Unido que opten por ese procedimiento.
"Es una técnica que es conocida, pero creo que hay gente a la que le asusta".
"Suena asqueroso y es asqueroso y creo que hay médicos a los que les disgusta el mero hecho de abordar el asunto con sus pacientes".
Eso no es un problema para el profesor Lawrence Brandt, un gastroenterólogo del neoyorquino Centro Médico Montefiore, que dice que recibe entre dos y cuatro correos electrónicos al día de gente interesada en un trasplante.
Hasta ahora ha operado a 42 pacientes.
Recuerda a la primera de ellos, en 1999. "Ella me llamó seis horas después del trasplante fecal y me dijo que no sabía lo que le había hecho, pero que no se había sentido tan bien en seis meses y de hecho, nunca más tuvo infección de C. difficile".
Dice que al igual que los pacientes, en EE.UU. hay cada vez más doctores que se interesan por el procedimiento.
"En los próximos seis o doce meses, esto va a ser la cosa más emocionante que va a pasar en el mundo de la gastroenterología. Cambiará la manera en que es tratada la infección de C. difficile y también muchas otras enfermedades".
Él cree que puede ser aplicado, entre otras, contra el síndrome del intestino irritable y la diarrea. "Parece una técnica muy buena contra una gran variedad de enfermedades", afirma.

¿Prueba?

La eficacia del trasplante de heces solo ha sido estudiada en casos singulares de infecciones severas de C. difficile.
Ha sido eficaz en el 90% de los casos reportados. Sin embargo, eso no es suficiente para que se generalice la técnica.
Para ello, el procedimiento debería ser probado en un ensayo clínico aleatorio. Un grupo de pacientes es tratado con la terapia real y otro con un placebo. Luego, los resultados son comparados.
Hasta que no se realice uno de esos ensayos, será difícil que esta técnica alcance una aceptación generalizada.

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El origen insospechado de la dolorosa e incurable artritis reumatoide

Al igual que otras devastadoras enfermedades como las esclerosis, la fibromalgia, la artritis o el asma tiene un origen autoinmune. 
¿Está la flora intestinal detrás?
Se calcula que aproximadamente el 1% de la población mundial padece algún tipo de artritis reumatoide: una inflamación persistente de las articulaciones que acaba por destrozar éstas. Se trata de una enfermedad conocida desde hace siglos; aunque no fue definida como tal hasta 1900 de manos del médico francés Augustin Jacob Landré-Beauvais, enfermedades semejantes son nombradas ya por Hipócrates o Galeno. Pese a esto, a día de hoy ni tiene cura ni se conocen sus causas. Pero hay novedades.

Lo que sí sabemos es que, al igual que otras devastadoras enfermedades como las esclerosis o la fibromialgia, la artritis tiene un origen autoinmune: es causada por un fallo en nuestro sistema inmunitario, que ataca por error a las células del propio organismo. Y este fallo, como apuntan cada vez más investigaciones, podría estar ocasionado por un cambio en nuestra flora intestinal.

Un estudio publicado en 2013 por Jose Scher, reumatólogo de la Universidad de Nueva York, mostró que las personas que padecen artritis reumatoide tenían muchas más posibilidades de albergar en su intestino la bacteria Prevotella copri que la gente que no padecía la enfermedad. Podría ser sólo una coincidencia, pero en otro estudio, Scher descubrió que la artritis psoriásica –la inflamación de las articulaciones causada por la psoriasis, otra enfermedad autoinmune–, tenían una cantidad significativamente menor de determinadas bacterias intestinales.
¿Otra coincidencia?

El secreto está en nuestras tripas
Como apunta un revelador artículo de David Kohn para The Atlantic, las investigaciones de Scher son sólo unas de las miles que apuntan a que los cambios de nuestra microbiota –esto es, el conjunto de microorganismos que conviven normalmente en nuestro cuerpo– afectan de forma determinante a nuestra salud.

La población de microorganismos que convive con nosotros excede al número de células propias en una relación de 10:1, por cada célula humana llevamos con nosotros 10 microbios

La población de microorganismos que convive con nosotros excede al número de células propias en una relación de 10 a 1: por cada célula humana llevamos con nosotros 10 microbios. Estas bacterias están repartidas por todo el cuerpo, pero son especialmente numerosas en nuestro aparato digestivo.

El tracto intestinal alberga miles de especies distintas de bacterias, que pesan en conjunto entre medio kilo y kilo y medio. Es también en el intestino donde residen la mayor parte de nuestras defensas: al menos dos tercios de las células inmunes.
Muchas de estas bacterias cumplen funciones esenciales para nuestro cuerpo (las más) y otras perjudican su correcto funcionamiento (las menos). Y lo que cada vez parece más claro es que su influencia no se limita al tracto digestivo: hay cambios en la flora intestinal que afectan a nuestra salud en conjunto y pueden generar enfermedades que aparentemente no tienen nada que ver con lo que ocurra en nuestras tripas, como es el caso de la artritis.
“Esto supone un cambio en el paradigma”, asegura Scher en The Atlantic. “Al incluir la microbiota hemos añadido un nuevo jugador a la partida”. Un jugador que en realidad son miles, tantos como bacterias distintas pueden pulular por nuestro intestino.

El cambio en nuestra microbiota cambia el curso de numerosas enfermedades
Nuestra microbiota ha cambiado de forma significativa en el último siglo, especialmente en los últimos 50 años”, asegura en The Atlantic el microbiólogo de la Universidad de Nueva York Martin Blaser. El investigador cree que el uso masivo de los antibióticos está detrás de la extinción de numerosos microbios que antes se encontraban de forma natural en nuestro cuerpo.

Pero los fármacos no son los únicos culpables: los cambios en la dieta, el exceso de higiene y un menor contacto con la naturaleza también tienen su parte de culpa.

Encontrar la relación directa entre cada tipo de bacteria y cada enfermedad autoinmune es una tarea harto compleja
Este cambio acelerado que está sufriendo nuestro ecosistema bacteriano podría estar directamente relacionado con el aumento de la incidencia de las enfermedades autoinmunes ––y también, creen algunos científicos, con la obesidad–.

Blaser, en concreto, ha estudiado la relación entre los cambios de la microbiota y el asma. La bacteria Helicobacter pylori está presente en la mayoría de los adultos del mundo, y en toda la población de los países en desarrollo, pero tras analizar la composición de la flora intestinal en un grupo de niños estadounidenses Blaser descubrió que sólo un 6% contaban con esta bacteria.
En su opinión, la desaparición de la Helicobacter en los países desarrollados está directamente relacionada con el abuso de antibióticos, y podría estar detrás del aumento en la incidencia de enfermedades como el asma, pues, según sus estudios, su presencia reduce la respuesta inmunitaria del cuerpo a los estímulos del aire. Se trata, en definitiva, de una carmabola difícil de rastrear, pero potencialmente fatídica. Y lo peor de todo es que podría estar dándose entre muchas bacterias y otras tantas patologías.
Encontrar la relación directa entre cada tipo de bacteria y cada enfermedad autoinmune es una tarea harto compleja, pero la relación entre una cosa y otra puede entenderla cualquiera. Las bacterias que pueblan nuestro intestino se han desarrollado gracias a que han sabido controlar la respuesta de nuestro sistema inmune a los intrusos.

Después de cientos de años conviviendo con nosotros han convencido a nuestras defensas de que no son malas y han regulado su respuesta ante los invasores: en definitiva, han mantenido a raya a nuestro sistema inmune para que no se sobrepase en sus funciones.

¿Qué está ocurriendo? Al cambiar la composición de nuestra microbiota, ya sea porque hay bacterias distintas o porque el ratio entre ellas es desproporcionado, el sistema inmune se confunde y empieza a atacar no sólo a las bacterias que atacaba antes, sino al cuerpo mismo.

En busca de soluciones

A Scher le parece eficaz promover cambios en la dieta. Algunos pacientes con artritis reumatoide se han beneficiado de una dieta vegetariana o mediterránea, aunque aún nadie sabe por qué ocurre esto exactamente.


--------------MICROBIOTICA


 Microbiotica
La Microbiótica es un nuevo término que alude al estudio y aplicación de las relaciones simbióticas (de interdependencia) entre los microorganismos de un sistema determinado: una comida, un cuerpo, una planta, el suelo, el agua…

Por primera vez en lenguaje castellano, este libro aborda desde diferentes perspectivas el estudio y el reconocimiento de la acción de los microorganismos y su relación simbiótica para regenerar y potenciar la vida frente a la degradación y la muerte.

Un gran elenco de especialistas médicos, biólogos, ingenieros, psicólogos, cocineros e investigadores describen como utilizar los microorganismos regeneradores para superar los problemas que nuestra civilización en la ecología, agricultura, gastronomía, nutrición y en la salud integral.

Descubra con la Microbiótica como su vida puede cambiar, simplemente apoyándose en esas bacterias que nos rodean, que somos y tenemos en nuestro cuerpo, y cuyo equilibrio crea las condiciones para nuestra supervivencia. La salud humana, como la de todo el ecosistema, también reside en ese invisible micromundo que nos interpenetra. Porque ellas están aquí para ayudarnos a vivir con plenitud y en equilibrio con la biosfera que a lo largo de miles de millones de años han ido creando


Sobre el autor La Microbiótica es un movimiento ecocientífico que nace con este libro gracias a la desinteresada participación de sus autores:
Lynn Margulis. Catedrático de Geociencias en la Universidad de Massachusetts (EEUU).
Bonnie Bassler. Directora del departamento de Microbiología de la Universidad de Princeton.
Máximo Sandín. Doctor en Ciencias Biológicas y exprofesor titular, Facultad de Biología, Universidad Autónoma de Madrid.
Jairo Restrepo. Ingeniero Agrónomo. Máximo exponente de la Agricultura Regenerativa.
Juana Labrador. Doctora en Biología. Profesora en la Universidad de Extremadura. Virginia Ruiperez. Enfermera. Especialista en nutrición y fertilidad natural. Francisco Mata. Doctor en medicina y especialista en nutrición naturista.
Emilio Santos. Licenciado en ciencias físicas y en medicina. Psiquiatra y ginecólogo.
Palmira Pozuelo. Farmacéutica. Profesora de nutrición y dietética, Universidad María Cristina de El Escorial (Madrid).
Jesús Mier. Psicólogo clínico.
Martin Goldman. Chef de cocina.
Luis Antonio Lázaro. Periodista e investigador microbiótico.
Ander Urederra. Investigador en nutrición simbiótica tradicional.


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 El 8% de nuestro genoma es de origen virico

En una gota del mar hay un millon de bacterias y en un gramo de tierra 4 millones y en ambos casos hay entre 5 y 25 veces mas virus.

Virus y bacterias forman parte de nuestro genoma.

Las personas se "infectan" continuamente con virus y bacterias y no por eso enferman.
No todas las infecciones virales son malas y muchas infecciones virales y bacteriales son buenas
Los retrovirus endogenos cumplen al menos una funcion beneficiosa critica para la produccion de anticuerpo protectores .



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Las bacterias usan señales electricas ante una situacion adversa

UNA INVESTIGACION DESCUBRE QUE LAS BACTERIAS SE COMUNICAN POR IMPULSOS ELECTRICOS COMO LAS NEURONAS

LA COMUNIDAD DE BACTERIAS PARECE FUNCIONAR COMO UN "CEREBRO MICROBIANO"



Las bacterias, como cualquier ser vivo, se comunican con su entorno, y por supuesto con organismos de su misma especie. La comunicación entre bacterias mediante señales químicas está estudiada desde hace mucho tiempo. Sin embargo, el hallazgo de que estos sencillos seres unicelulares lo hacen mediante señales eléctricas -de forma similar a como lo hacen las neuronas del sistema nervioso de los animales es toda una novedad para la microbiología
Y más aún que lo hacen para coordinarse socialmente, para actuar de forma cooperativa ante una situación adversa, para sobrevivir como un equipo y no como una suma de células individuales y egoístas. La investigación publicada en Nature liderada por Jordi García Ojalvo, de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, y Gürol Süel, de la Universidad de California en San Diego, supone un auténtico descubrimiento.
Hace mucho tiempo que se conocía la existencia de canales iónicos en la membrana de las bacterias, proteínas que atraviesan la membrana de estas células y que permiten el transporte selectivo de iones de potasio cargados eléctricamente. La apertura o el cierre de estos canales permite la acumulación de una diferencia de potencial eléctrico a ambos lados de la membrana bacteriana, y por tanto la descarga de una señal eléctrica a escala microscópica. De hecho, los canales bacterianos son similares a los de nuestras neuronas y su estudio permitió comprender cómo se transmitian los impulsos nerviosos. La transmisión de estos impulsos eléctricos en las neuronas es la base fisiológica de que usted pueda razonar, leer estas páginas o mover sus músculos. ¿Pero para qué los usaban las bacterias?. Era un misterio, hasta ahora.
"Las bacterias usan señales eléctricas ante una situación adversa"
La investigación inicial de García Ojalvo y Gürol Süel se centraba en comprender los mecanismos de resistencia bacteriana cuando estos organismos forman biofilms (o biopelículas), una forma de comunidad microbiana en la que las células bacterianas forman delgadas películas y excretan una matriz extracelular a través de la cual intercambian agua, nutrientes, enzimas y residuos. En una palabra: en un biofilm las bacterias se hacen sedentarias, cooperan y se comunican a través de señales químicas que regulan la expresión de genes de manera diferente en las distintas partes de la comunidad, como un tejido en un organismo multicelular. Un ejemplo muy gráfico de esto es el sarro de los dientes. Las biopelículas son altamente resistentes a productos químicos y antibióticos, y son un problema médico muy importante en casos de resistencia bacteriana en hospitales.
Cuando las bacterias forman biofilms, necesitan cooperar y comportarse como una sociedad solidaria, para asegurarse de que los nutrientes -más abundantes en la periferia de la colonia- llegan a todos los rincones de la comunidad. ¿Cúal era la forma en la que seres tan sencillos resolvían los 'conflictos sociales' dentro del biofilm, entre el centro y la periferia, sobre todo cuando las condiciones se volvían adversas?
Los investigadores advirtieron que cuando un biofilm de la bacteria Bacillus subtilis crece hasta un tamaño considerable, la periferia, que tiene alimento a discreción, deja de crecer cada cierto tiempo para dejar que los nutrientes difundan al centro de la comunidad, más hambrienta. De la misma forma ocurre cuando se ataca al biofilm con productos químicos o antibióticos: la colonia actúa de forma coordinada. La amenaza es comunicada de la periferia hacia el centro.
Así que diseñaron un experimento para medir los cambios de potencial en las membranas bacterianas durante las oscilaciones metabólicas fruto de someter al biofilm a una huelga de hambre. Eureka: las oscilaciones eléctricas -en las que estaban implicados los canales iónicos- coincidían con el crecimiento de la biopelícula. Cuando los investigadores usaron fármacos para inhibir los canales iónicos, el biofilm de Bacillus subtilis perdía toda su capacidad de actuación cooperativa, y las células bacterianas se volvían totalmente 'egoístas'.
El norteamericano Gürol Süel señala que, mediante estas señales, la comunidad de bacterias dentro de las biopelículas parece funcionar muy parecido a un 'cerebro microbiano', comunicándose entre sí de forma sorprendentemente similar al mecanismo neuronal llamado 'difusión de la depresión cortical' -una onda de actividad eléctrica intensa que se esparce desde un centro hasta un área amplia- involucrado en trastornos como migrañas y convulsiones.
De igual manera, cuando las bacterias del centro del biofilm tienen “hambre” (están en situación de estrés nutricional), este disparador metabólico induce la liberación de potasio intracelular, que a su vez despolariza las bacterias vecinas. Así se expande una señal eléctrica hacia la periferia para que deje de crecer y permita llegar el alimento. Esto sugiere que muchos de los medicamentos originalmente desarrollados para la epilepsia y la migraña también pueden ser efectivos en el ataque a las biopelículas bacterianas, que se han convertido en un creciente problema de salud en todo el mundo debido a su resistencia a los antibióticos, dice Süel. Estas sustancias interceptarían las comunicaciones enemigas, impidiendo que las bacterias patógenas hablaran y se coordinaran entre sí.
"La comunidad de bacterias parece funcionar como un 'cerebro microbiano'"
Pero más allá de las importantes aplicaciones médicas, este hallazgo abre toda una línea de investigación acerca de cómo aparecieron en la evolución de los seres vivos los mecanismos de coordinación pluricelulares y la transmisión neuronal ulterior. Jordi Garcia-Ojalvo, el coautor español y director del Laboratorio de Dinámica de Sistemas Biológicos de la Universidad Pompeu i Fabra afirma que el estudio ofrece una perspectiva radicalmente nueva de cómo se pudo originar el sistema nervioso en los animales. Ahora parece claro que la comunicación electroquímica, gracias a los canales iónicos transmembrana apareció en la evolución muchísimo antes de lo que se esperaba.
En la evolución, los mecanismos que funcionan y confieren ventajas tan significativas se conservan con fuerza y tienden a amplificarse y mejorarse a un ritmo relativamente rápido. En nuestro cerebro, las neuronas se comunican mediante señales electricas a una velocidad inmensamente superior que entre las bacterias. Pero ahora sabemos que la verborrea alocada de nuestras sinapsis empezó hace miles de millones de años con las primeras palabras eléctricas de una tribu de bacterias.

Funcionamos" gracias a la electricidad. Todos nuestros sentidos, el comportamiento y la inteligencia emergen de las comunicaciones eléctricas entre las neuronas de nuestro cerebro. Sin embargo, esta capacidad es muy, muy antigua. Tanto, que las células más evolucionadas, las neuronas, la comparten con otras que están muy abajo en la escala evolutiva: las bacterias, que ni siquiera tienen un núcleo definido.
Esto confirma que en la evolución, las soluciones que funcionan se perpetúan y se repiten en la escala evolutiva, aunque con ciertas mejoras. Una de ellas, la rapidez con que se transmiten las señales, que es mucho mayor en el cerebro que entre las bacterias. Pero básicamente ambos tipos de células utilizan el mismo sistema para sus “relaciones sociales”, que son muchas e importantes. Lo acaban de descubrir biólogos de la Universidad de California en San Diego y lo publica la revista "Nature".
Las bacterias que viven en comunidades tienen una compleja vida social y se comunican entre sí eléctricamente, a través de proteínas llamadas "canales iónicos”, lo mismo que las neuronas de nuestro cerebro. Estos canales son proteínas que atraviesan la membrana celular y permiten el paso de iones para generar una corriente eléctrica.
"Gran parte de nuestra comprensión de la señalización eléctrica de nuestro cerebro se basa en estudios estructurales de los canales iónicos bacterianos", señala Gürol Süel, profesor asociado de Biología Molecular en la Universidad de California en San Diego, que ha dirigido la investigación. Pero, era un misterio cómo las bacterias utilizan los canales iónicos. Por eso Süel se embarco con su equipo en la ardua tarea de examinar la comunicación a larga distancia dentro de las biopelículas. Estas estructuras contienen millones de células bacterianas. Es el caso, por ejemplo, de la capa de sarro que se desarrolla en los dientes. Las biopelículas bacterianas son altamente resistentes a productos químicos y antibióticos.
Estas agrupaciones de bacterias las obliga a hacer importantes cambios en su estructura y metabolismo. Entre otras cosas, necesitan comunicarse para asegurarse de que el alimento llega a todos los rincones de la colonia (en esto, aun siendo tan primitivas, nos ganan...). El interés de los científicos por el estudio de las señales de largo alcance entre bacterias surgió de un estudio anterior, publicado en julio en “Nature” en el que encontraron que las biopelículas son capaces de resolver los conflictos sociales dentro de la comunidad de células bacterianas de la misma forma que las sociedades humanas.
Cuando un biofilm formado por cientos de miles de Bacillus subtilis crece hasta un cierto tamaño, el borde exterior de protección de las células, que tiene “barra libre” de nutrientes, deja de crecer periódicamente para permitir que parte de esos nutrientes llegue al centro de la biopelícula. De esta manera, las bacterias del interior de la colonia se obtienen alimento y pueden sobrevivir a los ataques de productos químicos y antibióticos. Y uno de esos preciados nutrientes es el glutamato, que en las neuronas es un importante neurotransmisor.
Pero esas oscilaciones en el crecimiento de la biopelícula requiere una coordinación de largo alcance entre las bacterias en la periferia y las del interior. Como además las bacterias estaban compitiendo por el glutamato, una molécula cargada eléctricamente, los investigadores especularon que la coordinación metabólica entre las células distantes dentro de las biopelículas podría llevarse a cabo de forma electroquímica.
Así que diseñaron un experimento para probar su hipótesis. El objetivo era medir cuidadosamente los cambios en el membrana de la célula bacteriana durante las oscilaciones metabólicas. Los investigadores observaron oscilaciones en el potencial de membrana que coincidían con las del crecimiento de las biopelículas y encontraron que los canales iónicos eran los responsables de estos cambios en el potencial de membrana. Y cuando algunos de estos canales inonicos se eliminaban las bacterias de la biopelícula ya no era capaz de producir esas señales eléctricas.
"Al igual que las neuronas en nuestro cerebro, nos encontramos con que las bacterias utilizan los canales iónicos para comunicarse entre sí a través de señales eléctricas", explica Süel. "De esta manera, la comunidad de bacterias dentro de las biopelículas parece funcionar muy parecido a un 'cerebro microbiano'".
Süel aclara que el mecanismo específico por el que las bacterias se comunican entre sí es sorprendentemente similar a un proceso que ocurre en el cerebro, conocido como "difusión de la depresión cortical", que se cree que está involucrado en las migrañas y las convulsiones. Este mecanismo es el responsable de la formación del aura de las jaquecas y se cree que también del dolor. La depresión cortical consiste esencialmente en una onda de actividad celular intensa que se esparce hasta abarcar un área amplia de la corteza cerebral, especialmente en regiones que controlan la visión.
"Lo interesante es que tanto las migrañas como la señalización eléctrica entre las bacterias que hemos descubierto están provocadas por el estrés metabólico. "Esto sugiere que muchos de los medicamentos originalmente desarrollados para la epilepsia y la migraña también pueden ser efectivos en el ataque a las biopelículas bacterianas, que se han convertido en un creciente problema de salud en todo el mundo debido a su resistencia a los antibióticos", concluye.

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